18 octubre 2006
09 octubre 2006
CEMENTERIO DE BOTELLAS
Ramón se sienta en el bar con la intención de poder escribir una historia minimamente interesante para clase, siempre ha pensado que una cerveza refresca las ideas y anula los bloqueos.
Dos tragos pero la libreta sigue en blanco, igual que su mente.
En pleno vacío creativo recuerda las palabras de un antiguo profesor suyo que decía: “tus vivencias serán el principio de grandes historias.” Pero… su vida suele ser algo aburrida. Entre pensamientos un tipo frente a él le guiña un ojo. Va con otros dos, todos ellos “carne de gimnasio”. Ramón sólo piensa “putos maricones” y aparta la mirada para volver a la página en blanco.
Minutos después recuerda esos años, quizás los únicos, que podrían considerarse felices… como mínimo locos. Fue cuando él y su grupito de amigos fueron los amos del instituto. Era goloso tener una posición de poder con quince años, aunque fuera ganada a golpes. Se apropiaban de no despreciables sumas de dinero, ganadas a base de cobrar peaje a sus compañeros cuando iban por según qué pasillos. Nadie podía moverse por el instituto sin su permiso, había instaurada una ley del miedo adolescente. A aquellos que no podían pagar se les hacía un “lobezno”, consistía en marcarles el estómago con tres cortes poco profundos y paralelos, siempre eran de abajo hacia arriba ya que dolía más.
Entre tanta nostalgia macarra. Ramón se rasca la cabeza y cree que la autocensura es el único camino para un tema tan sádico para el ambiente universitario.
El mismo tipo de antes vuelve a guiñarle un ojo e incluso le lanza un beso al aire. Después de eso Ramón sufre múltiples pensamientos homófobos, incluso llegando al nivel de sentir náuseas.
Se levanta asqueado, paga la cerveza y se marcha.
Entra en una pequeña calle colindante al local en el que acaba de estar, está repleta de los restos de los botellones que en esa calle se solían hacer y que los incompetentes equipos de limpieza no hacían acto de presencia jamás. Y de repente un gran destello blanco estalla en su mirada, algo o alguien le ha golpeado por detrás, en plena testa, incluso pierde el equilibrio y cae al suelo. Oye risas prepotentes tras de sí. –Unos putos ladrones. –Piensa como primera opción. Gira su rostro para conocer a su agresor y comprueba que es aquél que había en el bar guiñándole el ojo y tras de él estaban los otros dos que le acompañaban antes. Ese tipo tira la botella con la que acaba de atacarle cobardemente, cayendo al suelo sin quebrarse.
Ramón se toca en la cabeza y nota su sangre brotar. Mira a su agresor desde el punto de vista de la impotencia.
-No te acuerdas de mí, ¿verdad? –dice el atacante mientras, poco a poco, se va levantando la camiseta y ¡¡¡estaban allí!!! Tres cicatrices paralelas dibujadas en su estómago. –Sí. Yo fui uno de aquellos que sufrió el sadismo de tu grupo de energúmenos hijos de puta. Estas tres marcas me las hiciste tú, cabrón y hoy por fin me las vas a pagar.
Ramón no sabe qué decir y los tipos que están junto a aquel vengador le cogen de los brazos y lo levantan sin problemas, como si de un muñeco relleno de paja se tratara. Mientras ellos le sostienen el rencor incubado durante tantos años machaca la cara y el estómago del que fue un adolescente problemático.
Entre golpes y esputos sangrientos recuerda aquel día, aquel mismo momento que marcó el estómago de aquel inocente que no quiso pagar un impuesto de delincuentes y ahora sus nudillos pretenden hacer justicia después de tanto tiempo. Se acaba de sorprender llorando, sus lágrimas llenas de arrepentimiento se unen a la sangre que corre por su cara. Mira a su ajusticiador y con voz franca, sentida y temblorosa dice:
-Perdóname.
El chico del estómago marcado ordena a sus cómplices que lo suelten, que ya es suficiente. Ramón se tiene en pie a duras penas, apoya sus manos en las rodillas y se agacha, respirando entrecortadamente. Aquellos que le daban una paliza sienten lástima de aquel despojo de ser humano.
Allí inclinado, hundido en su miseria, mira de reojo a su alrededor y ve un cementerio de botellas… rápidamente agarra una y la estampa violentamente contra la boca de uno de los tipos que lo sujetaban, partiéndole todos los incisivos. Aprovechando el efecto sorpresa esparce un centenar de vidrios al romper la botella contra la cabeza del otro secuaz.
Cuello de botella rota en mano, pone los cortantes cristales en la garganta temblorosa de aquel que fue su víctima en el pasado y le dice mientras escupe sangre sobre uno de los malheridos:
-A tus amigos no tengo porqué pedirles perdón, ni rendirme ante ellos, pero a ti te mostraré mis disculpas de esta manera. –Y lanza ese arma improvisada al suelo, sin siquiera rasguñarle.
Cojeante, jodido y sangrando Ramón se marcha pensando en que mañana no podrá tener ninguna historia acabada.
















